viernes, 6 de julio de 2012
Distancias que empiezan y nunca terminan.
Tal vez algún día me acostumbre al no verte más, a eso de que hayas
desaparecido, de que te hayas esfumado como el humo de un cigarrillo, de
que un tren nos haya alejdo y haya podido con nosotros. Pero habrá que
asumirlo. Tal vez yo acabe perdida por cualquier calle empapada de
silencios y recuerdos alguna tarde de domingo en la que ya no pueda más
con nada y quiera tenerte a mi lado para que me digas que las cosas van a
ir bien, sintiendo tu mirada clavada porque no pueda sentir más que eso
y un vacío en el pecho. Pero realmente tu mirada ya no volverá a estar
clavada en mí, ni la mía en ti, solo en el mapa y en los kilómetros. Ya
no quedarán nuestras miradas con brillo en los ojos, tus cosquillas,
nuestros piques tontos, la sonrisa que se te dibuja en la boca al pensar
que estoy loca y mis carcajadas al ver que te das cuenta. Ya no voy a
volver a escucharte cuando te ries conmigo o me dices princesa, ni a ver
esa sonrisa tan tuya. No va a quedar nada, ni si quiera una canción.
Solo un puñado de recuerdos que duelen porque ya no están, tu sonrisa
repitiéndose en mis pupilas, un rincón no tan escondido que era nuestro,
y quedaré yo esperando detrás de la pantalla del móvil. Pero siempre
quedará el recuerdo de el último aliento de cordura, la locura en mi
cabeza de pensar que tal vez pueda doblar la esquina y encontrarte, la
esperanza de cruzarnos algún día dentro de años. La certeza de que eres
diferente al resto, de que somos, la excepción a la regla.
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