viernes, 6 de julio de 2012

Que al otro lado del mar, hay una parte de mí.

Un momento. Esto no puede estar pasando. Estaba a tan solo dos metros de ella, tal vez ni eso, ya no había kilómetros. Ella abría sus ojos, parpadeaba, no sabía si lo hacía porque no se lo creía o para que no cayera alguna lágrima. Él estaba allí, sonriendo, asustado pero contento. Estaban a dos escasos metros, después de años a mil quinientos kilómetros. Aquello era increíble. A ella le temblaban las piernas, quería abrazarle , pero no sabía si era lo que tenía que hacer. No era como en las películas, no había puesta de Sol ni abrazo de reencuentro, y él no sabía por qué. Había un Sol de verano de ocho de la tarde, y la brisa hacía susurrar a los árboles. Eso, eso era lo único que se escuchaba, los ároles. O al menos lo único que escuchaban ellos al tenerse tan cerca. Ella sentía como su corazón latía más rápido que nunca. Él se preguntaba por qué ella no le abrazaba, ¿hasta que punto habría cambiado su vida? Tal vez ya no le quería. Pero no era así, ella había pensado en él cada segundo de todos estos años, había pensado en buscarle, en llamarle, pero no era lo suficientemente valiente. Miraba sus fotos juntos cada noche, y se dormía con el corazón encogido por no tenerle a su lado. Y él también, él había pasado todo el tiempo pensando en ella, queriendo acabar con los kilómetros. Y no había conseguido acabar con ellos para nada. Se fue acercando, poco a poco, le acercó a él y le dio un beso, un beso de esos de película, envueltos en el susuro de los árboles pero sin puesta de Sol. Y, tal vez, ese sí era para siempre.

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