lunes, 30 de julio de 2012
Que ya no importa nada.
Que llegué a quererte y es con lo único que me
quedo. Que también me encantaría quedarme con tus besos, con tus
abrazos, con el olor de tu colonia, con la luz de tu sonrisa y con todos
y cada uno de los remolinos que habitan en tu pelo. Que me gustaría
quedarme contigo. Que me gustaría que te quedases conmigo. Aquí. Para
siempre. Suena sencillo, ¿no? Sería demasiado fácil. Y es que parece que
el amor y los obstáculos caminan de la mano. Aunque, si soy franca,
creo que la magnitud de los inconvenientes la deciden las personas y sus
ganas de quererse, de abrazarse, de besarse, de probarse, de morderse,
de desayunarse, de comerse y de cenarse. El problema se presenta cuando
para ti una persona siempre es el menú del día pero sin embargo ves que
él continuamente pide la carta. Quizás no sea tu plato preferido, que sé
que mi guarnición se compone de errores y defectos, pero quédate con lo
principal, que te quiero y eso no lo sirven en cualquier restaurante.
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